logo

El matemático del Rey

No hay cómo explicar a alguien la belleza y la necesidad de la sabiduría, del conocimiento, la inquietud por el saber. No hay cómo hacer vivir la satisfacción y el placer de aprender, se debe sentir y es tan lastimoso no poder hacerlo como no haberse enamorado nunca.
Hay en la literatura muchos pasajes que ilustrarían esta idea. Este podía ser uno de ellos:

[...]
   - Pronto te has levantado, Inesa. ¿Has ido a traer el sol?
   - Ya viene solo cada día. Las cosas del cielo no iré yo a buscarlas, bien lo sabes.
   - Las cosas del cielo… -repitió Lezuza.
   - Las que tú conoces tan bien. No sabes lo que importa, pero sabes mucho de los cielos, las estrellas, los planetas, la Luna, los cometas y todas esas cosas de comer que van dando vueltas en el aire.
   En camisa todavía, Lezuza se acercó a Inesa con ánimo de remediarle la tristeza y corregirle dulcemente la ironía. Ella volvió la cara hacia otro sitio y bajó al suelo la mirada.
   - No engordes esa pena que tienes metida en el cuerpo desde hace tanto tiempo, Inesa. Si lo miras bien, nunca nos faltó pan ni un trozo de tocino que darle a Pascual y que llevarnos a la boca. No tenemos varias camisas para mudar, ni nos suenan en la bolsa doblones que nos sobren, pero vamos haciendo la vida unos días con los otros.
   Se acercó más aún a Inesa, se sentó a su lado y dijo:
   - Tú me desprecias porque miro las luces del cielo con más afición que la cuenta estrecha de mi paga de maestro. Pero las luces del cielo me enseñan que el mundo no es como lo explican los sabios. ¡Estoy hablando del mundo, Inesa -dijo, levantando la voz-, de todo el universo, no de una morcilla de más o de menos! ¡Te hablo de las leyes que gobiernan el día y la noche, de la geometría de Dios, Inesa, no de un puchero de caldo en la mesa de mi casa!
   Inesa, en silencio, siguió mirando al suelo y Lezuza, sin poder adivinar la causa, percibió que ella temblaba. El matemático en camisa se arrepintió entonces del tono que había usado un momento antes y creyó que había gritado. Para aliviarle a Inesa ese temblor le cogió las manos y la abrazó después.
   - Hace muchos años -dijo Lezuza con voz baja y persuasiva-, junto a una hoguera que se apagaba, una noche sin luna, un hombre levantó la vista al cielo y se preguntó qué eran las estrellas. Desde entonces, Inesa, los hombres han mirado al cielo haciéndose la misma pregunta.
   Lezuza dejó de hablar en este punto. Respiró profundamente y añadió:
   - Preguntas, Inesa, las preguntas han ido haciendo al mundo y a los hombres. Los antiguos pensaron que las estrellas eran agujeros por los que se ve una llama, que eran hogueras encendidas. ¿Por qué no se caían a nuestros pies? ¿Quién encendía esa lumbre cada noche?
   A Lezuza se le quebró la voz en ese momento y asomó a sus párpados una lágrima que no llegó a derramar. Puso su barbilla sobre el hombro de su mujer y la abrazó más fuerte. Con una voz ahogada que escapaba entre dos sollozos disimulados, dijo:
   - Las leyes de la naturaleza, la geometría del cielo, Inesa, es el pensamiento de Dios.
   Deshizo el abrazo poco a poco y, mirando a los ojos de Inesa, Lezuza añadió con una sonrisa:
   - ¡Tengo que… hacerlo…!

 El matemático del Rey - Juan Carlos Arce -